Historia de Roma

Hablar de la historia de Roma es hacerlo en gran medida de la historia de buena parte de Occidente. La civilización romana clásica pasa por ser una de las mayores construcciones políticas que ha conocido la historia y su influencia sigue siendo innegable en todas las regiones que entraron en contacto con la misma.

No obstante, la historia de Roma no se limita a los siglos en que las legiones de César y los demás emperadores recorrían Europa. La apasionante Edad Media, la difícil Edad Moderna o los episodios más recientes han jugado un papel imprescindible en la configuración de la Roma actual. Esta es su historia completa.

Pueblos prerromanos

etruscos en historia de roma

Etruria y el nacimiento histórico de Roma

A comienzos del s. X a. C. parecen bastante asentados en la región central de Italia (entre la Toscana y Campania) pueblos como los etruscos, volscos y sabinos. Los primeros de ellos habrían de constituir la primera gran construcción política que englobaría a Roma. Desde su posición algo escorada hacia el norte, los etruscos fueron expandiéndose en todos los sentidos a costa de sus vecinos latinos, llegando incluso a chocar con las colonias de la Magna Grecia (sur de Italia) y ampliando sus fronteras hasta el sur de los Alpes. La estructura política resultante se conoce generalmente como Etruria.

La ciudad de Roma nacería al margen de la esfera etrusca, dado que hasta entonces se trataba de una amalgama de pequeñas aldeas latinas, cada una de las cuales estaba vinculada a una colina (la importante fue la del Palatino, que debió constituirse en torno al s. XIV a. C.). Por cuestiones defensivas y comerciales, las tribus de las colinas entendieron que les convenía crear un único núcleo habitado.

La unificación de todos los asentamientos no fue obra por tanto de los etruscos sino de los propios pueblos latinos autóctonos, que iniciaron también el sistema monárquico. Sería en el 616 a. C. cuando la monarquía romana y la etrusca unirían sus caminos.

La Roma Antigua, la gran civilización del Mediterráneo

leyenda de romulo remo

La leyenda de Rómulo y Remo

Rómulo y Remo eran los descendientes del legítimo rey de Alba Longa (ciudad supuestamente fundada por el hijo del troyano Eneas) pero el suplantador del trono Amulio ordenó su ejecución para evitar que pudieran reclamar el poder. El verdugo encargado de la tarea se apiadó de ellos y los depositó en una cesta sobre el río Tíber, cuya corriente los arrastraría hasta el valle entre las colinas del Palatino y el Capitolio.

Una loba, Luperca, salvaría a los niños y los amamantaría hasta que una humilde familia se hizo cargo de ellos. Ya mayores, asesinaron a Amulio pero no reclamaron el trono de Alba Longa sino que decidieron fundar una ciudad más próspera. La discusión sobre dónde situar exactamente esa urbe derivó en la muerte de Remo y supuso que Rómulo fuera el primer rey mítico de Roma, fundada en el 753 a. C. en el Palatino.

La Roma monárquica

La fecha de 753 a. C. ha sido adoptada casi de forma generalizada por todos los historiadores como la de la fundación de Roma, si bien se da por sentado que se trata más de un convencionalismo (por unificar criterios) que de un hecho contrastado. Leyendas al margen, la monarquía etrusca se encargaría de convertir a Roma en la ciudad más importante de Italia y en una de las grandes urbes del Mediterráneo occidental.

La figura histórica más importante en este sentido sería el rey Lucio Tarquinio Prisco, que acometió un intenso programa urbanizador que habría de suponer la base para la expansión de la ciudad de Roma.

La ciudad no tardaría en convertirse en un foco comercial de primera magnitud, valiéndose de su privilegiada situación entre Etruria y la Magna Grecia, lo que le permitía comerciar a dos bandas y canalizar a su vez este flujo mercantil hacia el mar. Los monarcas etruscos estimularon la creación de rutas comerciales navales y ello marcaría decisivamente el futuro de Roma, una ciudad que creció sin conocer fronteras. A este hecho contribuyó la decidida apuesta etrusca por expandirse territorialmente. Este desarrollo nos dejaría las primeras grandes obras arquitectónicas romanas, como el Palacio Real.

En cuanto al gobierno de la Roma monárquica, este se instituye bajo la figura de un rey que accede al trono por elección pero cuya dignidad es vitalicia. Los poderes efectivos del monarca no están claros pero se sabe que poseía una autoridad religiosa complementaria a sus funciones políticas.

La existencia de un Senado debía matizar relativamente la arbitrariedad del rey pero lo cierto es que la monarquía fue un periodo de gran estabilidad. La historiografía da cuenta de siete reyes (incluyendo al mítico Rómulo) ninguno de los cuales, a excepción del último, Tarquinio el Soberbio, fue puesto o depuesto mediante un complot.

La Roma republicana

Senado de Roma

Creación de la República y caracterización social

En el 509 a. C. se produce la reacción aristocrática contra Tarquinio el Soberbio, al que se acusaba de ser un verdadero dictador. Para evitar que otro monarca tuviera la tentación de buscar el poder absoluto, los nobles decidieron dotar de mayor poder al Senado, que en adelante sería el órgano que regiría los destinos de Roma y de los territorios que pronto se incorporarían a ella.

Casi de la noche a la mañana, los ciudadanos romanos de pleno derecho (que no eran muchos) pasaron a detentar una cierta capacidad de influencia. Todo ello bajo la estricta observancia del Derecho Romano, el cuerpo jurídico más influyente de la historia de Europa.

La República supondría la confirmación de dos clases sociales. Por un lado, los patricios, la élite local que se adueñaría de los órganos de gobierno y que avalaría el nombramiento de los distintos magistrados (especialmente, los cónsules, encargados de la acción exterior). Por otro, los plebeyos, las capas más populares y que fueron marginadas inicialmente. Su voz se delegaba en los patricios -no siempre voluntariamente- porque muchas veces eran siervos de estos. Poco a poco, lograron el derecho de poder formar parte del ejército y también de ser nombrados senadores, si bien en contados casos. La otra clase social eran los esclavos, privados de cualquier derecho y considerados propiedad absoluta de su señor.

Las instituciones republicanas

El orden republicano se sustentaba sobre un Senado cuyos miembros eran elegidos de manera vitalicia y que en sus compases iniciales solo admitía patricios (lo suponía que los senadores lo eran por nacimiento). Junto con este órgano de gobierno principal, Roma contaría con una larga serie de magistraturas o cargos públicos, elegidos por la asamblea ciudadana conocida como comicios. Los magistrados más importantes eran los cónsules, existiendo también pretores, cuestores o censores. Teóricamente, todos estos cargos estaban sujetos a un control por parte del Senado, lo que no evitó que eventualmente algún cónsul o alto magistrado acaparara más poder del que le correspondía.

La gran expansión de Roma

A comienzos del s. V a. C., la ciudad de Roma era ya relevante en el Mediterráneo pero tenía pendiente confirmar su preponderancia comercial sobre otras civilizaciones. Si la monarquía etrusca imprimió una vocación marítima y expansiva muy clara a la ciudad y a la vasta estructura política que comenzaba a articularse de la misma, la República afianzo estas dinámicas. En este sentido, los primeros siglos de la Roma republicana se ocuparon de expandir su autoridad sobre toda Italia. El primer gran enfrentamiento militar de Roma fue la Primera Guerra Púnica (264-241 a. C.), en la que derrotó a Cartago y se apropió de Sicilia y Cerdeña.

Cartago iba a ser el gran rival de Roma por el dominio del Mediterráneo occidental y los enfrentamientos prosiguieron. La Segunda Guerra Púnica (219-202 a. C.) se convirtió en una de las contiendas más célebres de la historia. Cartago trató de recuperar la iniciativa ocupando gran parte de Hispania y atacando las ciudades aliadas de Roma. Esta no reaccionó a tiempo y la célebre campaña de Aníbal (que atravesó los Alpes hacia Italia) estuvo a punto de cambiar radicalmente el curso de la historia. El caudillo cartaginés llegó a las puertas de la mismísima Roma pero, incomprensiblemente, decidió no tomarla. Posteriormente, sería derrotado en el norte de África por Publio Cornelio Escipión. Roma se convertía en la única potencia de la región.

Desde la ciudad, el Senado y los cónsules planearon las distintas campañas que iban a ensanchar considerablemente las fronteras de la República. Y es que, tras derrotar definitivamente a Cartago en la Tercera Guerra Púnica (146 a. C.), Roma se lanzó a por el Mediterráneo oriental (Macedonia, Grecia, Asia Menor y Egipto). En todos los casos, la ciudad de Roma fue la gran referencia para las nuevas urbes, así como para la remodelación de las ya existentes en los territorios conquistados.

mapa imperio romano

Julio César y el fin del orden republicano

La expansión territorial de la República fue dificultando la gestión de la misma desde Roma. Los generales alcanzaron cierta influencia en los diferentes territorios (convertidos ahora en provincias) y los militares se inclinaban más por obedecerlos a ellos que al Senado. Paralelamente, el orden social basado en la preponderancia patricia se vio sacudido por alzamientos de esclavos, como el protagonizado por Espartaco. La ciudad no pudo controlar las luchas fratricidas que se sucedieron en el s. I a. C. En la última de ellas, el victorioso conquistador de la Galia, Julio César, alcanzaría el poder absoluto.

El breve paso del emperador Julio César como dictador romano constató hasta qué punto era inviable seguir dirigiendo un verdadero imperio con instituciones y procedimientos legales que se desarrollaron pensando en una ciudad-Estado. César, en tanto que antiguo cónsul, esgrimió un sesgo militarista a su autoridad que dejaba entrever cuál sería el funcionamiento de Roma a partir de ese momento. Su asesinato y posterior guerra civil que se cerró con el ascenso de Octavio Augusto al poder no variaron las cosas. Augusto se encargaría de proclamar el Imperio.

La Roma imperial

El nuevo rol de Roma y el incendio de la ciudad

En el 27 a. C., el triunfante Octavio Augusto inauguró lo que inicialmente se conoció como principado romano. No vació de contenido a la mayoría de instituciones pero sí que adquirió amplios (o plenos) poderes en ciertos ámbitos, como el militar y el religioso. En consecuencia, la ciudad de Roma entraba en una nueva era en la que la autoridad del Senado y del resto de magistraturas se veían seriamente matizadas. La ciudad ya no tenía la capacidad efectiva de dirigir el imperio sino que esta recaía cada vez más sobre una única persona. Ello no evitó que Roma asumiera su nuevo rol y siguiera incrementando su población hasta superar, según fuentes clásicas no siempre fiables, el millón de habitantes.

Los emperadores consolidaron el sistema de poder regional sustentado sobre las provincias, lo que iba a conferir gran importancia a los gobernadores de las provincias más importantes (como la Hispania Citerior). En cualquier caso, los emperadores del Alto Imperio acometieron importantes proyectos urbanísticos y constructivos que nos dejarían la mayor parte de los grandes monumentos que hoy jalonan la ciudad. La excepción a la regla sería Nerón, un personaje inestable e irascible que cosechó unánimes críticas incluso en vida. Convirtió a Roma en su patio particular, persiguió con saña a los cristianos de la ciudad y, sobre todo, provocó el célebre incendio que la devastó en el año 64.

La dinastía Flavia y el momento de mayor esplendor

Roma se vio sacudida por distintas rebeliones de todo tipo que se tradujeron en una sucesión de emperadores muy breves y en un profundo desgobierno de la ciudad. La entronización de la dinastía Flavia con Vespasiano al frente puso fin a esta situación e inauguró de paso, una de las épocas más importantes en la historia de la ciudad. Los emperadores de esta casa (Vespasiano, Tito y Domiciano) fueron los promotores de obras tan emblemáticas como el Coliseo (que recordemos fue bautizado en realidad como Anfiteatro Flavio).

Sea como sea, Roma alcanzaría su momento de mayor apogeo con dos emperadores de origen hispano: Trajano y Adriano. El primero de ellos llevaría al imperio a la mayor extensión territorial de su historia y dejaría una indeleble huella en la ciudad con proyectos como el Foro de Trajano.

Adriano siguió una política muy similar, apaciguando el imperio y propiciando que la ciudad de Roma llegara a sus mejores cotas de prosperidad con nuevos espacios civiles. Marco Aurelio marcó el fin de esta edad dorada y su muerte se vincula simbólicamente con el principio del fin de la Roma imperial.

El Bajo Imperio y la caída de Roma

Durante la llamada crisis del s. III, la ciudad de Roma corrió la misma suerte que gran parte del imperio. Saqueos, mal gobierno e inestabilidad en todos los frentes fueron las grandes características de una época en la que también se sucedieron malas cosechas y plagas. Pronto quedó de manifiesto que los emperadores ya no eran capaces de mantener el orden y que incluso su altura moral estaba decayendo a marchas forzadas. Estos monarcas laminan por completo las instituciones de la ciudad y el impero va adquiriendo cada vez más un marcado militarismo.

A finales de la centuria, Diocleciano dio un golpe de timón y logró reafirmar la autoridad imperial aunque a costa de convertir en chivos expiatorios a los cristianos, cada vez más numerosos en la ciudad. Tiempo después, Constantino acabaría con las persecuciones a este colectivo y a finales del s. IV sería Teodosio quien haría del cristianismo la religión oficial de la ciudad y del imperio. Para entonces, la influencia de la capital era testimonial, habiendo cedido incluso gran parte de la relevancia institucional a Constantinopla. La división del imperio confirmó este punto y sentenció la suerte de Roma, que cayó en mano de los godos en el 476.

Roma en la Edad Media

La Roma bárbara

Los romanos calificaban de bárbaros a todos aquellos pueblos limítrofes con el imperio y que no aceptaban el orden imperial basado en el Derecho Romano. Por consiguiente, fue muy simbólico que estos bárbaros acabaran desmembrando el imperio, un hecho que causó un gran impacto social en la Europa del s. V. La ciudad de Roma cayó en manos de los ostrogodos, una belicosa tribu que sin embargo no pudo retener su control de la zona durante gran tiempo. Bizantinos y lombardos fueron alternando su influencia en la región hasta el s. VIII. Durante esos tres siglos, la ciudad fue asediada y saqueada en distintas ocasiones. La invasión lombarda tuvo además una consecuencia decisiva en la historia posterior, en tanto rompió cualquier atisbo de unidad política en Italia durante mucho tiempo.

Roma como capital de la Cristiandad

entrada al Vaticano

La referencia espiritual de Europa

Roma no tenía ya ningún tipo de autoridad política sobre los territorios que antiguamente había dominado pero sí que poseía una importancia moral de primera magnitud. Por un lado, el sueño imperial de restaurar el orden romano aun con otra denominación estuvo siempre sobre la mesa hasta, como mínimo, el s. XVI. La dignidad imperial sería codiciada por los reyes de los nuevos países que se organizaban muy lentamente en las antiguas provincias romanas. ¿Por qué Roma siguió siendo una referencia para todos ellos?

Uno de los últimos logros del Imperio Romano fue la difusión del cristianismo, cuyos fieles veían ahora a Roma, sede de los papas, como el faro de su vida espiritual. Tanto es así que Roma contó con la protección de los reyes francos para alejar definitivamente la amenaza bárbara y para neutralizar otras tentativas de invasión. Los pontífices fueron conscientes de su relevancia y se sirvieron de la célebre falsificación de la Donación de Constantino para confirmar su poder territorial. Según este documento apócrifo, el Papa era también el señor de distintos territorios italianos.

Con todo, la prueba más fehaciente de la autoridad moral romana tuvo lugar cuando Carlomagno se convirtió en protector oficial de Roma y se desplazó hasta allí para ser coronado emperador por el Papa en el año 800. Esta estabilidad se truncó en consonancia con la desarticulación del Imperio Carolingio, que llevó a Roma a verse presa de nuevas luchas por el poder hasta bien entrado el s. X. Los papas tendieron a actuar casi como dictadores, con un poder terrenal innegable. En el 962 se vuelve a coronar a un emperador en Roma, Otón, que creaba así el Sacro Imperio Romano Germánico.

Los roces con el Sacro Imperio

Roma había demostrado una gran capacidad para adaptarse a las cambiantes circunstancias de su entorno y seguir siendo una ciudad influyente en Europa. Sin embargo, los emperadores germánicos no estaban dispuestos a tolerar intromisiones administrativas en sus territorios por parte de los papas. Así, el emperador Enrique IV desafía a Roma al afirmar que le correspondía a él nombrar a los altos cargos religiosos del imperio. Fruto de las tensiones, Roma vuelve a ser incendiada y saqueada en el 1084 por los normandos. Sin embargo, el Concordato de Worms de 1122 reafirma la autoridad papal. La prueba más evidente de su influencia se vio con las cruzadas, una serie de expediciones militares a Tierra Santa auspiciadas por Roma y en las que participaron los principales reyes cristianos.

Los grandes problemas de la Roma tardomedieval

Pese a su gran autoridad exterior, Roma seguía siendo un nido de conspiraciones que se traducían eventualmente en desafíos abiertos al poder los papas. El conflicto protagonizado por la Comuna de Roma en el s. XII llegó a establecer una nueva república en la ciudad, proyecto que se truncó al acudir el emperador germánico en ayuda del papa. Con todo, el momento más crítico se viviría cuando la elección de un papa francés, Clemente V, supuso el traslado de la sede del Papado a Aviñón. Roma perdía de un plumazo la base de su influencia.

Para colmo de males, la ciudad fue devastada por un enemigo implacable: la peste negra. Al igual que gran parte del sur y centro de Europa, Roma vio diezmada su población en proporciones casi apocalípticas. En 1377, Gregorio XI decide regresar a Roma para huir de la asfixiante tutela francesa y volver a disponer del poder territorial que había caracterizado a los papas hasta su salida de Roma. Se originaba entonces el conflicto conocido como Cisma de Occidente por la negativa francesa a perder su influencia sobre el papa y nombrar a otro en Aviñón. Roma reestablece totalmente su autoridad en 1414.

La Roma moderna

La Capilla Sixtina de los Museos Vaticanos

Entre el Renacimiento y la Contrarreforma

Roma había recuperado su prestigio y no tardó en dejar constancia de ello. Siguiendo el fenómeno cultural del Renacimiento, los papas embellecieron sus grandes posesiones y acometieron un plan constructivo sin precedentes desde la caída del imperio. Genios como Miguel Ángel pusieron su arte al servicio de Roma (aunque no siempre de buena gana) y nos dejaron obras tan excelsas como la Capilla Sixtina o la propia Basílica de San Pedro. Sin embargo, el lujoso estilo de vida papal y el poco edificante paso de la saga papal valenciana de los Borja horadarían notablemente su autoridad a comienzos del s. XVI.

Un monje alemán, Martín Lutero, publicó una larga lista de críticas contra prácticas tan arraigadas entre los papas como las bulas de indulgencias (mediante las cuales estos perdonaban pecados a cambio de donaciones). Se iniciaba así la Reforma protestante, el mayor desafío hasta la fecha a la autoridad moral de Roma. Algo tardíamente, los papas reaccionan organizando la Contrarreforma, un movimiento de reafirmación de su poder y de las doctrinas del catolicismo que se gestó en el Concilio de Trento (1545-1563).

Roma ante las guerras de religión europeas

Roma se sirvió de la fidelidad de los reyes católicos, particularmente, de los españoles Carlos I y Felipe II, para hacer valer su autoridad y perseguir a los protestantes mediante la Santa Alianza. Este idilio no siempre fue tal porque incluso Carlos I llegó a saquear Roma en 1527. En cualquier caso, los príncipes católicos respondieron a su llamada para hacer frente a la amenaza turca sobre la ciudad, con la célebre batalla de Lepanto (1571).

No obstante, Europa se había partido en dos y la autoridad de Roma no dejaría ya de perder fuerza. Ni siquiera el apoyo del papa a Francia durante la sangrienta Guerra de los Treinta Años (1618-1648) le permitiría conservar su liderazgo moral, desafiado incluso por los reinos que seguían siendo católicos. En este contexto, los papas todavía tuvieron fuerzas de seguir engalanando sus dependencias con obras barrocas tan imponentes como las esculturas de Bernini. También se impulsaron distintas reformas en la administración de la ciudad para mejorar su imagen pública y, de paso, paliar los problemas económicos que se hicieron evidentes en el s. XVIII.

La Roma contemporánea

La independencia comienza a peligrar

Durante el s. XVIII, Roma asiste con inquietud a la formación de importantes reinos a su alrededor, teniendo los papas la plausible sospecha de que estos planearan convertirse en las potencias hegemónicas italianas y acabaran fagocitándola. Recordemos que a estas alturas, Roma todavía poseía un amplio territorio en la zona central de Italia, los Estados Pontificios. La respuesta de algunos papas, caso de Benedicto XIV, fue bastante acertada porque priorizaron la permanencia de Roma como foco cultural y religioso, atrayendo a miles de estudiantes y peregrinos. Solo así se esquivó, de momento, cualquier tentativa de anexión.

estados pontificios

Estados Pontificios dependientes del papado de Roma

La ocupación napoleónica

Contrariamente a lo que estos hubieran imaginado, el mayor peligro para los Estados Pontificios no llegó desde los reinos italianos sino desde Francia. La Revolución de 1789 trastocó el orden absolutista continental y acabó encumbrando a un genio militar como Napoleón, que no dudó a la hora de tomar Roma para proclamarse emperador. El matiz es importante porque el caudillo corso no aceptó que el papa le impusiera la dignidad imperial sino que fue él mismo quien se ciñó la corona.

Hacia la unificación italiana

La derrota de Napoleón y la Restauración absolutista pactada en el Congreso de Viena -en el que el Papado ejerció gran influencia- no garantizaban en absoluto la supervivencia de los Estados Pontificios. Los partidarios de la unificación italiana bajo un solo rey eran cada vez más numerosos y no cabía ninguna duda de que Roma debía ser la capital de ese nuevo reino. Paralelamente, la resistencia del clero romano a asumir al menos parte de las crecientes demandas liberalizadoras socavó en gran medida su prestigio. En 1848, incluso, se proclamó efímeramente otra república romana.

El proceso de unificación de Italia encabezado por la casa de Saboya adquirió a partir de 1860 una gran intensidad. Roma era uno de los principales objetivos de los unionistas, encabezados por el rey Víctor Manuel II del Piamonte, y el papa Pío IX optó por una defensa numantina. No solo se aprestó a resistir frente al ejército de Víctor Manuel II sino que convocó el Concilio Vaticano I para aprobar el dogma de la infalibilidad papal (por el cual el papa nunca se equivoca). Tales acciones no evitaron que las tropas italianas tomaran la ciudad en 1870 y la convirtieran en la capital de la Italia unificada.

Monumento a Victor Manuel II de noche

El convulso inicio del s. XX

Roma era por primera vez en su historia la capital de un reino que abarcaba toda Italia y que contaba con las estructuras propias de un Estado-nación moderno. Se trata de un momento muy importante en la historia romana porque con él arrancaron las grandes tareas de excavación y restauración de los monumentos romanos, especialmente los de época antigua. La capitalidad nacional también se tradujo en un aumento exponencial de la población (se multiplicó por tres en medio siglo).

A la conclusión de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Italia no había conseguido los grandes objetivos marcados. Los avances territoriales eran mínimos a pesar del coste humano de la contienda y de la delicadísima situación financiera del país. Roma empezó a acoger muestras de malestar más o menos importantes hasta que se llegó a la célebre marcha sobre la ciudad de 1922. Los ‘camisas negras’, seguidores del líder fascista Benito Mussolini, tomaron la ciudad para exigir la entrega del poder al futuro dictador. Víctor Manuel III exhibió su debilidad y desorientación al cumplir sus exigencias.

Mussolini entendió de inmediato que hacerse fuerte en Roma era consolidar su autoridad sobre toda Italia. Por ello, siguió realizando importantes planes urbanísticos en la ciudad así como potenciando todo lo que tuviera que ver con la Roma imperial. De igual modo, negoció con la Santa Sede los Pactos de Letrán, por los cuales nacía oficialmente la Ciudad del Vaticano. Así, Roma pasaba a albergar, en realidad, dos ciudades. Posteriormente, la vocación expansionista de Mussolini metió de lleno a Italia en la Segunda Guerra Mundial y provocó que los aliados acabaran tomando Roma en 1944.

Palacio del Quirinal

La Roma de hoy

A la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, Italia aprobó en referéndum la sustitución de la monarquía parlamentaria por la república. Sin embargo, en la región en la que está enclavada administrativamente la ciudad de Roma, el Lacio, se impuso por una ligera ventaja el voto en favor de la continuidad monárquica. Sea como sea, Roma siguió siendo la capital italiana y poco a poco fue recuperando su prestigio internacional. La ciudad se volcó con el proyecto europeísta y acogió la firma los Tratados de Roma de 1957, que crearon la Comunidad Económica Europea (el embrión de la Unión Europea). Poco después, Roma organizó los Juegos Olímpicos de 1960.

La apasionante historia que hemos narrado explica sobradamente por qué Roma es conocida como la ‘Ciudad Eterna’. No en vano, pocas urbes europeas han presenciado tantos y tan importantes acontecimientos históricos como los que ha acogido Roma. La próxima vez que pongas un pie en ella, ten presente los ilustres personajes que hicieron lo propio mucho antes... y todos los que están por venir.